3D : La dimensión desconocida



Roger Granel. Kinovisio

Avatar (James Cameron, 2010), Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010), Viaje mágico a África (Jordi Llompart, 2010)… El 3D es el cine que más triunfa (recauda) en la actualidad y parece que es el futuro del audiovisual. Este hecho provoca muchas reacciones, tanto desde el punto de vista del espectador como de los críticos especializados. Pero esta tecnología no es precisamente nueva; ¿cuánto conocemos realmente acerca de este efecto visual en la gran pantalla? En el cine siempre se ha buscado novedades tecnológicas para seducir al público y que éste vaya a las salas. El 3D, pues, no es más que un recurso para sorprendernos y crearnos una mayor ilusión de realidad, uno de los  objetivos fundacionales del cinematógrafo.

Si hacemos un poco de historia, veremos que las primeras proyecciones que buscaban la tridimensionalidad datan de principios del siglo XX. En el New York de 1915, ya se producían muestras de esta tecnología en ferias de inventos, pero siempre estuvieron condenados al fracaso. El 3D se vio superado por otra novedad tecnológica: el sonido. El audio fue un cambio más útil para contar historias y conectó mucho mejor con el espectador: el sonido era mucho más parecido a la realidad humana que la tridimensionalidad creada en la pantalla.

Pero las investigaciones para perfeccionar el sistema del 3D no se detuvieron; en Italia y en la URSS se rodaron varios filmes con este sistema. En la década de los 50, y de nuevo con el empuje económico que sólo EUA puede dar, el cine tridimensional vivía su momento de mayor gloria. Solo en el año 1953 se estrenaron unas 27 películas en 3D: la película House of  Wax (Museo de cera), dirigida por André De Toth, fue la que tuvo una mayor recaudación. Parecía que esta vez, el avance era definitivo y el 3D se asentaba como tecnología funcional.

Nada más lejos de la realidad. Un par de años más tarde se frena esta consolidación por las dificultades técnicas y la inversión económica que necesitan. El público, después de la sorpresa inicial, se cansa del formato. Los estudios americanos buscaron otra forma de sorprender al público. Nacen así las técnicas para ver la imagen todavía más grande (el famoso Cinemascope o Panavisión).

Es durante los años 80 que el 3D vive el impulso definitivo con el formato IMAX, pero se ve apartado de las salas comerciales habituales para mostrarse solo en ferias y parques temáticos. El contenido se adapta a aquellas imágenes que realmente puedan impactar y los guiones son simples, pensados solo para divertir al espectador.

Es en el nuevo milenio que parece que la industria vuelve a apostar por este formato. El cine vive un momento de crisis, sobretodo por el desarrollo de Internet y las descargas a través de la red. El cine necesita nuevas armas con las que luchar para volver a los espectadores al cine. En el 2003, James Cameron rueda Ghosts of the Abyss y el mundo de la animación triunfa con Polar Express (2004) i Beowulf (2007), ambas dirigidas por Robert Zemeckis,

Todo esto, pues, ha sido el caldo de cultivo para generar la tendencia actual, donde el 3D coge cada vez más protagonismo. Incluso parece que podemos tener esta tecnología en los televisores de nuestro hogar más pronto de lo que imaginamos. De hecho, ya la última final de la Champions League de fútbol se emitió en los cines con esta tecnología, y ya hay aparatos de televisión preparados para la tercera dimensión.

Estamos, pues, ante un cambio más, ante una nueva etapa en la creación y el consumo audiovisual. El espectáculo y el divertimento no están mal por si mismos, pero esperemos que no sea la única opción que nos ofrezcan tanto productores como exhibidores. ¿El 3D nos cuenta mejor las historias o se adaptan los planos, los movimientos y hasta la trama para crear la tridimensionalidad que sorprenda al espectador? En Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, solo se nota de verdad las tres dimensiones en cuatro o cinco momentos a lo largo del filme. ¿Vale la pena, pues, tanta inversión? ¿En una película debemos crear siempre situaciones que sean más útiles para el 3D? Cuando la tecnología domina a la historia, el resultado nunca puede ser bueno: lo importante no es como contar algo, sino qué es lo que cuentas. Los presupuestos del 3D son mucho mayores que en el sistema tradicional: cámaras y pantallas (de cine y de televisión) deben adaptarse a la nueva tecnología. Se espera que con la mayor afluencia de público al cine y el mayor consumo de televisión en casa la inversión se recupere, pero ¿la gente pagará más de 10 euros para ir al cine de aquí a unos meses? Después de comprarse televisores nuevos para adaptarse a la TDT, ¿comprará ahora nuevos aparatos para ver las tres dimensiones? ¿Se trata, pues, de una moda pasajera o de una auténtica revolución?

El espectáculo no está reñido con el contenido. Se pueden hacer grandes cosas con el 3D, pero pongo en duda su utilidad en el consumo cotidiano, tanto en cine como en televisión. De momento, lo que estamos viendo, no compensa. El sistema no es tan espectacular como nos esperamos, las historias no son tan buenas como en otros filmes de presupuesto menor ni la comodidad de las gafas permite olvidarte que las llevas puestas. Además, cuando te las sacas, toda la magia desaparece; en el audiovisual tradicional la magia no puede desaparecer, ya que no hay intermediarios entre la fuente emisora y el receptor.

No hay que oponerse al progreso y a la innovación. Pero cuando todas las industrias se vuelcan en un nuevo formato, con enormes campañas de publicidad para convencernos, algo huele mal. El audiovisual necesita un nuevo impulso, pero dudo que el 3D sea la solución para combatir el fenómeno de Internet. Invertir en más cultura y educación audiovisual no estaría nada mal: que la gente mire lo que quiera, pero siendo crítica y sabiendo lo que hay detrás de la cortina. Si solo nos gusta el humo, nos acabaremos nublando la vista y no veremos el fuego que lo causa, aunque nos lo muestren en 3D.

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